sábado, 9 de febrero de 2008

The Charlatans

(Titulamos este post "The Charlatans" igual que nuestro buen amigo Artur Estrada dice, cuando hace mucho frío: "Vaya, parece que hoy tocan The Rascals".)

Lo prometido es deuda, dicen, así que allá vamos. ¿No les había yo prometido hace poco que hablaríamos de este tema? Bueno, “hace poco”, es un decir: es que, verán, he andado bastante liado con todo el tema de nuestra mudanza –para los que no sean lectores habituales de esta cosa, les recordamos que Bonnie y yo nos hemos ido recientemente de Madrid a Ginebra por causas laborales y porque nos ha dado la real gana-, y oigan, que a uno, metido en su cómoda rutina de siempre, se le olvida lo difíciles y hasta estresantes que pueden llegar a ser estas cosas. Ponte a buscar casa –un piso decente con un alquiler que puedas permitirte, y no son precisamente bajos los alquileres en esta ciudad en la que la vivienda es un bien tan escaso que empieza a ser un auténtico lujo no al alcance de todo el mundo-, amuéblala –bendito Ikea-, entérate de cómo se pagan las facturas de la luz, el agua, el gas y el teléfono en un país cuyo idioma no hablas –sencillo: “erm, estooo, parlez-vous Anglais? Ou Espagnol? Eh?”-, y suma y sigue… En fin, un rollo. Pero vamos, que ya estamos instalados, ¿eh?, así que de ahora en adelante intentaré hacerles más caso, pobres, que sé que les he tenido pelín dejados últimamente. No se me quejen, que ha sido por mi bien, hombre: quizá algún día, no lo sé, me tenga que arrepentir de este paso, pero por el momento no se pueden figurar lo contento que estoy de haber salido de ese Madrid que me estaba quitando la vida. Cuánto me gusta mi ciudad, y qué difícil puede llegar a ser vivir en ella… Sí, claro que lo malo del cambio es que mi familia y amigos se quedan en Madrid, pero es que si empezamos con obviedades, mejor lo dejamos, ¿no les parece? No, claro, me pongo como me pongo, pero si para una cosa que me duele me la van a estar restregando… ¿O acaso les recuerdo yo a ustedes lo muy descuidados que tienen a esos mismos parientes y amigos que viven a media hora de ustedes y a los que no ven o llaman desde hace… cuánto? Pues eso. En fin, centrémonos y vamos a estar a lo que tenemos que estar. Decía, que intentaré tener este invento más actualizado ahora que ya estamos instalados. Bueno, y cuando encima nos pongan Internet en casa –lo tenemos pedido desde hace un mes, parafraseando la frase popular diríamos que “las cosas de palacio en Suiza van despacio”-, eso ya va a ser un frenesí. ¿Pero cómo? ¿Otra vez por los cerros de Úbeda? ¡Malo! ¡Caca! ¡Caca! En fin, centrémonos one more time.

El caso es que no hace mucho que me sorprendí echando de menos uno de esos oficios que al parecer tienen los días contados, a la chita callando –qué ironía- y sin que a nadie le importe demasiado: el de los charlatanes. Sí, hombre, ya saben a lo que me refiero: esos vendedores ambulantes que nos colocan sus mercancías a fuerza de pura labia, de loar las virtudes reales o imaginarias de sus productos ejecutando mil y una acrobacias verbales de gran riesgo. Recuerdo que en mi infancia había cierta abundancia de ellos –de hecho eran, por ejemplo, un personaje bastante habitual en las historietas de “La Familia Ulises” que el muy enorme Benejam publicaba en la revista “TBO”-, pero ahora, ¿dónde están? Yo los veía por la calle, paseando con mi madre o con mi abuela, y me quedaba pasmado ante esa torrencial verborrea plagadita de lugares comunes que sin embargo sonaban fascinantes a los oídos de un público sencillo/humilde, y no les digo ya a los oídos de un niño.

Hoy en día están en franco retroceso –al menos en Madrid, quién sabe si en los mercados o ferias de los pueblos…-, pero aún quedan unos cuantos ejemplares en acción, y aún me siguen fascinando. Sin ir más lejos, hace sólo cuatro o cinco meses que le compré a uno de ellos un curioso aparatejo de cocina multiuso –pelador-rallador-cortador-todo-en-uno, multiuso, ya digo- hecho de genuino plasticazo rojo, que en mi casa hemos acabado llamando El Patatator –pronúnciese “patatéitor”- porque lo usamos fundamentalmente para cortar patatas. Realmente el cacharro ha resultado ser utilísimo, pero yo no lo compré por eso. Yo lo compré sulibellado por la labia de uno de esos auténticos entertainers de la venta callejera, un hombre espectáculo, qué digo, un Sinatra de la buhonería: el tipo hablaba y hablaba sin parar, explicaba cómo y para qué usar todas y cada una de las funciones del mundialmente famoso “Super Set Cucina” –así se llama, de verdad, me he levantado para ir a verlo-, contaba chistes, interpelaba a su público y bromeaba con él, contestaba a las preguntas que le hacían; y todo ello mientras a toda pastilla pelaba, cortaba, troceaba, picaba, ¡trepanaba, vive Dios! toneladas de frutas y verduras para demostrarnos lo que todos podríamos hacer una vez hubiéramos adquirido el trasto de marras al módico precio de doce eurillos… que yo aflojé sin poder evitarlo, boquiabierto ante el arte del personaje en cuestión. Si ustedes quieren verle en acción, “actúa” todos los domingos por la mañana en la esquina de la Ronda de Toledo con la Glorieta de Embajadores, en pleno límite fronterizo del Rastro madrileño.

Claro que el Rastro siempre ha sido un ecosistema muy propicio para el florecimiento de este tipo de fauna urbana. Del mismo Rastro recuerdo con cariño momentos memorables como el de aquélla vendedora gitana de ropa, pregonando (ojito al inenarrable slogan): “¡Pantalones! ¡Faldas, blusas, chaquetas! ¡Nenas: El Corte Inglés sin ascensor!”. Ahí es nada. O aquél señor de bigote, que vendía el exprimidor más sencillo del mundo, del que quizá se acuerden y hasta puede que lo hayan tenido en casa –yo lo he visto en muchas-: consistía en una especie de rulo hueco rematado por un extremo en un vertedor similar al pico de una jarra. El funcionamiento era bien simple: se atornillaba a mano el rulo en el interior de una naranja o limón, y luego ya sólo había que apretar con fuerza para que el zumo se derramase por el vertedor hacia un vaso. Ya lo ven, el cacharro no podía ser más simple, lo cual no fue obstáculo para que ese maravilloso charlatán diese una de las chapas más alucinantes que he oído en mi vida, y demostración palmaria por tanto de la auténtica esencia del arte de la charlatanería: lo importante no es lo que se vende, sino lo que se dice, y cómo se dice, sobre lo que se vende. En serio: debe hacer por lo menos veinticinco años de aquéllo, y sin embargo aún recuerdo perfectamente a ese señor con un limón en la mano –no era tiempo de naranjas, era verano-, haciendo una demostración práctica del invento y diciendo (las señales de admiración y las cursivas son por supuesto todas mías): “…y el zumo surge a chorro (!), puro (!!), cristalino (!!!), fresco –si es que el fruto ha estado antes en la nevera…”. ¡Fresco si es que el fruto ha estado antes en la nevera! ¡Olé, olé y olé! ¿Era ese tío o no era un artista? Dos de aquéllos exprimidores le compró mi abuela, dos, por salao. Y mi madre todavía se parte cada vez que se acuerda de aquél momento, al igual que mis tíos: aunque ellos no estuvieron presentes, el discurso de este charlatán en particular, relatado por nosotros miles de veces, hace mucho que pasó a formar parte del folklore familiar.

Hasta aquí, de la charlatanería como oficio. Pero también se podría hablar de la charlatanería como cualidad, y esta nos gusta mucho encontrarla entre según qué mendigos que se toman su condición con mucho más sentido del humor del que cabría esperar. Recuerdo a aquél chaval que pedía “una ayuda” en el Metro de Madrid, y al ver que ninguno de los presentes estábamos por la labor de darle unas monedas, aclaró: “¡Acepto Visa, American Express, MasterCard y cheques de viaje!”. O a aquél señor en la Plaza de los Cubos con un cartel que decía (las mayúsculas son suyas): “NO le dé limosnas a cualquiera. Déle a MATÍAS, su pobre de confianza. MATÍAS, SU POBRE DEL BARRIO”. Pobres sí, de solemnidad. Cachondos mentales, también, y con capacidad de dar lecciones de humor a más de uno y de dos.

Y por último, no queremos dejar de mencionar que la charlatanería tiene también grandes practicantes en el mundo del pequeño comercio, como quedó patente en nuestro último post. Señores, que no desaparezcan. La vida es más divertida con charlatanes.


Dedicado, con todo mi cariño, a mi abuela Vicenta, + 30/01/08. DEP. Te queremos, abuela.

2 comentarios:

Margouillat dijo...

Mi hermano me habló del patatator, estuvo viéndole descuartizar verdura por el precio de dos mil euros y vino emocionado a casa, puede que hasta se comprara uno, no lo recuerdo.
Sigue hablandonos de los grandes mitos y personajes de barrio por favor, la nostalgia madrileñil puede conmigo por momentos y es sçolo superablecon grandes dosis de blog.
Besos tropicales
Crispis

Amparo dijo...

Jajaja, cómo le pega a tu hermano fliparse con eso, Crispis! Y usted, señor bloguero! Psst, sí, sí, es a usted: corre el rumor de que muchos de esos charlatanes se han hecho profesionales del ramo de la sin-hueso, y se han montado un canal de teletienda en el canal digital. Raúl y yo nos quedamos atontados viéndolos en acción, pero eso sí, que compre su puñetero p... ejem.