domingo, 13 de mayo de 2007

Los Planetas: "Encuentros con entidades"...

...o "de la complejidad de las relaciones entre el artista y su público".

Creo que descubrí a Los Planetas antes que la inmensa mayoría de sus actuales fans. De hecho, lo hice en un concierto en Madrid -creo que fue el primero que dieron aquí- cuando todavía no habían siquiera sacado su primer disco (aún tardarían un año largo). No se trata de fardar y decir "yo estuve allí antes", es sólo que, como se suele decir, estuve en el lugar y en el momento apropiados, "apropiados" porque les hice míos, porque el enamoramiento fue inmediato. Por eso me hizo tanta ilusión cuando finalmente salió "Super 8" y por eso les fui siguiendo la pista con "Pop". Pero es que lo gordo aún estaba por venir, hasta que inesperadamente dieron el estirón y entregaron aquél monumento titulado "Una semana en el motor de un autobús". Y ahí sí que ya fueron palabras mayores, señoras y señores. Ésa y no otra fue la primera gran obra maestra musical que daba un grupo de nuestra generación, algo con lo que todos podíamos identificarnos porque habíamos estado allí desde su mismo nacimiento. Y así quedamos todos, rendidos y babeantes ante tal demostración de poderío, a la espera ansiosa de su siguiente paso: ¿con qué nos sorprenderían esta vez? La respuesta fue "Unidad de desplazamiento", y la decepción, mayúscula. "¿Por qué, oh, por qué?", nos lamentábamos. "¿Dónde nos hemos equivocado?" A pesar de ello, seguimos escuchando los nuevos discos cuando iban saliendo ("Encuentros con entidades", "Contra la ley de la gravedad"), pero ya nunca fue lo mismo. Fue... diferente. Ellos eran diferentes, maldita sea. Y así llegamos hasta el día de hoy, hasta el último concierto del grupo en Madrid hace pocas semanas, donde un conocido se seguía lamentando: "A mí me gustaban más las canciones del principio". Parece como si ya hubiéramos desesperado de que Los Planetas volviesen a sacar otro gran disco...

Imagino que la mayoría de ustedes, si no todos, han podido comprobar cómo en muchas ocasiones las personas que tienen mayor capacidad de sacarnos de quicio son precisamente aquéllas a las que más queremos o que más nos importan. Y habrán oído mil veces que del amor al odio hay sólo un paso -de esto tratan precisamente muchas de las mejores canciones de Los Planetas-, o también -lo cual no es más que la conclusión lógica, si bien llevada al extremo, de lo anterior- que cuando se produce un homicidio las pesquisas policiales se centran al menos de entrada en los parientes y amigos del finado, que son siempre a priori los más sospechosos. Dicho de otro modo: esos individuos a los que no conocemos de nada o con los que mantenemos una relación muy superficial -el kiosquero, el borracho que canta flamenco ahí al fondo de la barra del bar o ese compañero de trabajo pelín freakie con el que sólo coincidimos ocasionalmente al lado de la máquina de café- pueden divertirnos, extrañarnos o hasta cabrearnos, pero en el fondo nos dan del todo igual. En cambio nuestra madre, nuestra novia o nuestro mejor amigo pueden, con una sola palabra y hasta con la omisión de la misma, exasperarnos y despertar nuestros peores instintos.

Supongo que ello se debe precisamente a que les queremos. ¿Tal como son? Y una leche, no existe tal cosa: nunca se quiere a nadie tal como es, y con eso nos toca lidiar. Al final, resulta que ese cariño consiste entre otros ingredientes en muchas pequeñas -y grandes- renuncias. Les queremos no sólo por sus virtudes, sino también a pesar de sus defectos. Nadie es perfecto, y a pesar de que lo sabemos, somos tan tontos que no sólo les queremos por lo que son, sino también por lo que queremos que sean. Y he aquí el gran escollo: nuestros seres más queridos tienen esa tendencia irritante a decepcionarnos o a no estar a la altura de nuestras expectivas, lo cual, obviamente, no es culpa suya, sino nuestra y sólo nuestra. ¿Cómo van a poder competir con nuestras expectativas? ¿Cómo van a poder estar a la altura de lo que sólo está dentro de nuestras cabezas?

Lo curioso del tema es que esa relación tan visceral se establezca no sólo con nuestros seres más cercanos, sino también con los artistas que más nos gustan. Mientras todo sigue siendo de nuestro agrado, el idilio es casi mágico. Pero ay de ellos como saquen un disco -ya, ya sé que el término "artista" es mucho más amplio, pero en este momento pienso en música- que no nos guste: en ese momento no es que nos compremos el disco o no, ni que vayamos a su siguiente concierto o no. Es que nos enfadamos, y mucho. Nos sentimos, sí, traicionados. Y al margen de que semejante actitud carezca por completo de toda lógica -¿cómo va a traicionarnos alguien a quien no conocemos de nada?-, nos encontramos de nuevo en el razonamiento ya expuesto más arriba. No han estado a la altura, piensa uno muy molesto. Vale. ¿Y a quién hay que culpar?

Es como cuando nos reencontramos con esos amigos muy cercanos pero a los que por circunstancias de la vida -viven en otra ciudad, tienen hijos o trabajos complicados de esos que anulan la vida social- sólo vemos muy de tarde en tarde. Al principio, algo chirría. Sabemos que luego se romperá el hielo de nuevo y todo será como antes, pero entretanto hay un cierto sentimiento de extrañeza imposible de negar. Al fin y al cabo no les vemos desde hace, por ejemplo, dos años, y por mucho que hayamos intentado mantener el contacto, nuestra relación se basa entretanto en mantener el buen recuerdo que de ellos tenemos, sin tener en cuenta que en ese intermedio el sol se ha levantado y puesto más de setecientas veces, y a ellos les han pasado tantas cosas que son imposibles de explicar, cosas en cuyo desarrollo uno no ha estado presente. Pues con nuestros grupos favoritos, es lo mismo: nos acercamos emocionados a la tienda cuando sale el nuevo disco de X, y luego nos sentimos extrañados, tristes, porque lo que resuena en nuestros altavoces no es lo que esperábamos, no es lo que creíamos que iba a ser, no les recordábamos así. Lo que falla aquí, claro, es que no tenemos en cuenta que X no es un todo compacto, un ente abstracto, sino un conjunto compuesto por un número indeterminado de señores/as a los que en ese lapso de tiempo también les han sucedido cosas, lo cual necesariamente ha de afectar a su música (y a sus matrimonios, y a la forma en la que untan la mantequilla sobre las tostadas...).

A mayores, parece también cierto que en esta vida en la que todo va rápido-rápido-rápido nos formamos casi siempre nuestras opiniones a la velocidad del rayo y, como las prisas son malas consejeras, caemos en garrafales errores de juicio. Hay poco lugar para las segundas oportunidades: queremos satisfacción inmediata, lo demás no vale. Lo que nos conduce a la siempre peliaguda cuestión de los artistas que maduran a un ritmo distinto al de su público, y eso que muchas veces se trata sólo de saber esperar. Pienso en el ejemplo de R.E.M.: encontrarán ustedes pocas personas en el mundo que hayan sido tan fans de esta banda como yo, a pesar de lo cual, cada vez que sacaban un nuevo disco, se cumplía infaliblemente la regla de oro: no me gustaba. El disco nuevo nunca me gustaba. Lo bueno era que yo ya me lo sabía, sabía que sólo era cuestión de tiempo, con lo que bastaba con dejar el susodicho disco reposando en una estantería. Tampoco fallaba: dos años más tarde, y sacudiéndole un poco de encima las pelusas, aquél disco que tanto me horrorizó ahora me sulibellaba. (Hablo en tiempo pasado porque, aunque ya han pasado más de dos años, lo de "Around The Sun" sigue sin haber por dónde cogerlo. Lo siento, amigos Buck, Mills y Stipe. Haber elegido "susto".)

...Y con todo ello sólo quería intentar explicar, en demasiadas palabras, que el otro día regalé a mi novia el "Encuentros con entidades" de Los Planetas, uno de esos discos que en su día no me compré porque no me gustó (lo hice porque contiene su canción-Planetas favorita: "Pesadilla en el parque de atracciones"). Y que cuando esta mañana me lo ha puesto, he flipado muchísimo y me ha apenado no haber sabido valorarlo en su momento. Y que mi canción del día es "Corrientes circulares en el tiempo", una madeja que J va deshilvanando lento pero seguro hasta que estás liado en una melodía de ésas que nadie sabe cantar como él. Y que, por lo mismo y a pesar de los pesares, J es un excelente cantante, en el mismo sentido en que puedan serlo, por ejemplo, Bob Dylan o Nico (toma ya). Y que, parafraseando a Raphael, estuve (muy) equivocado: yo quería la épica inmediata de "Segundo premio", y me daban la épica psicodélica de "San Juan de la Cruz", y no supe apreciarlo porque me gustaban las rayas y los cuadros, pero no me veía yo con espirales. Yo quería pasar otra semana, y otra, y otra, en el motor del mismo autobús, y ellos ya habían cambiado al transporte aéreo, y yo no quise montarme porque me mareaba. Como un niño pequeño que no quiere probar las ostras, porque ya sabe que le gustan los spaghetti y ¿qué pasará si los nuevos sabores no le gustan tanto? Y ahora, sólo quiero terminar esto rápido para poder repetir. Y además, que (no lo he dicho al principio) ese reciente concierto en Madrid fue muy, muy grande. Sirva todo ello como desagravio y agradecimiento (tardío) a J y compañía por tantos enormes momentos, y que sigan rondando nuestras vidas por muchos años.

2 comentarios:

Raul dijo...

Tengo la suerte de haber permanecido a salvo de la carrera de Los Planetas cuando eran referente generacional obligatorio -podían los aspectos deleznables de su personalidad sobre cualquier maravilla en su música-; así que me di luego el lujo de (¿re?)descubrirlos a partir de Corrientes circulares en el tiempo, sumergirme en esa canción. Y estallar con Pesadilla en el parque de atracciones por supuesto.
Entonces ya podía distanciarme del lado peor de J y demás, a base de sumergirme literariamente en su música, y musicalmente en sus letras.
No tienen un disco malo, estos benditos trabajadores que presumen de profesionales de la vagancia, aunque lo lógico es que uno ejercite su derecho a preferir. Y yo prefiero... ¡tantas!
O sea, que en mi han hecho crecer un fan.
Y encima -tantos años mofándome de sus (mal) afamados directos-, para cerrarme la boca, cuando voy a verlos se marcan un conciertazo de los que hacen siglo.

María dijo...

Fan planetaria yo también. Y eso que renegaba a tope al principio, cuando mi hermana me hacía escucharles y yo pensaba que no podía gustarme algo que no se entendía (me refiero a la peculiar forma de mezclar la voz, que casi nunca se oía, y si se oía, no se entendía, porque J es así).

Luego les fui cogiendo el gustillo (creo que las primeras canciones que me gustaron fueron "Un buen día", "La máquina de escribir", "Mi hermana pequeña" y "Cumpleaños total", por lo que puedo recordar).

El caso es que si tuviera que elegir una sola canción de Los Planetas (dios mío, que nunca me encuentre en esta tesitura), la mía sería "Corrientes circulares en el tiempo". Aunque claro, es una decisión harto difícil. Tiene este grupo algo extraño, que hace de su música y sus letras, una perfecta banda sonora para ciertos momentos. Por lo menos, para mí.

Y eso, es impagable.