martes, 26 de junio de 2007

De playas, pitanzas y apellido(s) en lengua(s) bárbara(s)

Son las 00:53 h. del día 27 de Junio y les escribo estas líneas recién llegadito de un, ay, excesivamente corto (la blitzkrieg es lo nuestro) viaje al muy maravilloso Parque Natural de Cabo de Gata. Y si después de pegarme seis horas de coche -y más aún teniendo en cuenta que mañana (hoy) habré de despertarme bien tempranito para retornar a las minas de sal como buen asalariado- estoy ahora tecleando a estas horas indecentes en vez de estar en la cama junto a mi novia (por cierto, que ya les he hablado de mi novia en varias ocasiones pero aún no se la he presentado. Bueno, pues resulta que precisamente durante este viaje ella y yo hemos estado comentando este tema y hemos convenido que en adelante, cuando nos refiramos a ella, usaremos a falta de otro mejor seudónimo el de "Bonnie"), que es donde debería estar, es por dos razones: la primera, que tengo puesta una lavadora que he de dejar tendida antes de acostarme (archívese bajo el epígrafe "Pequeñas esclavitudes de lo cotidiano"). Y la segunda, que las puntas de los dedos me arden con unas cuantas recomendaciones que les quiero regalar. Allá vamos, y en números romanos:

I) Que visiten ustedes Cabo de Gata a la voz de "¡ahora!", o por lo menos, se resuelvan a hacerlo pronto, antes de que la construcción desenfrenada se cargue lo que hoy en día sigue siendo una joya natural. De verdad. Se lo está diciendo un tío que odia la playa. En serio. No dejen ustedes de remojar sus sonrosados culetes en tantas y tantas bellísimas calas y playas como allí podrán encontrar.

II) Que después de hacerlo (lo de remojar los trasericos en el Mediterráneo tras exponerlos a la furia del rabioso lorenzo que pega en Almería), un buen sitio para reponer fuerzas es el bar "Fidel" en Rodalquilar, que expende todas las variedades de productos cerveceros manufacturados por la mil y mil veces bendita casa Alhambra, y además ofrece tapa de pimiento-del-piquillo-relleno-de-atún-con-orégano-y-aceite-de-oliva-y-olé.

III) Despedida y cierre recomendándoles asimismo el libro cuya lectura me ha animado estas vacaciones: "Viajes con Heródoto", del señor Ryszard Kapuscinski. Sí, ya sé que lo he escrito mal, pero es que son esos malditos apellidos polacos: en realidad "Kapuscinski" lleva dos acentos. "¿Y por qué no los ha escrito entonces?", dirán unos. "Joder, hay que ser vago", dirán otros. Pues muy sencillo: porque efectivamente lleva DOS acentos, pero, se van a reír, uno es en la primera ese y otro ¡en la ene! ¡Por Dios santo, en la ENE! ¡Habráse visto! ¿Se creen que es fácil? Pues yo en mi teclado no sé hacerlo, y eso que soy un tipo con estudios universitarios (ejem). Bueno, a lo que vamos, al libro: a aquéllos que hayan leído otros libros del mismo autor, como el estupendo "Ébano" (no confundir con la novela del mismo título del hasta ahora nunca laureado con el Premio Príncipe de Asturias Alberto Vázquez-Figueroa) el tema no les pillará de nuevas, tratándose de otro libro de viajes a cargo de uno de los periodistas más correcaminos que en el mundo han sido. La novedad en este caso es que el señor Kapuscinski quiere mostrarnos cómo en sus recorridos por el mundo siempre le ha acompañado un ejemplar de la "Historia" de Heródoto, y cómo la lectura de las páginas del autor griego -al tiempo que se hallaba, por ejemplo, en la China de Mao, o en Teherán en los días inmediatamente posteriores al derrocamiento del Sha- le ha enseñado valiosas lecciones de humanidad, entre ellas la de que la historia SIEMPRE se repite. Libro, cuanto menos, curioso, y por supuesto nos han entrado unas ganas feroces de acudir al texto citado, el de Heródoto, que adquiriremos en cuanto se nos presente la primera ocasión. Ñam ñam.

En fin, la lavadora ha terminado su ciclo y yo he terminado mis deberes, y me voy a la cama. Canten conmigo: hay que descansar, hay que descansar, para que mañana podamos madrugar, y al día siguiente volver a madrugar...

1 comentario:

MARTIN PECADOR dijo...

Mi muy estimado Hombre Sentimental: "Qué ilusión -como dijo aquel viejo poeta de gafas de concha negra- ver las pedaletas tripuladas por las niñas surcar el mar". Oh, el mar, la mar. Qué recuerdos de la niñez, antigua ya por su olor en el horizonte a nuestra espalda, qué bellos paisajes y qué difíciles eran de copiar a pequeña escala en una caja de zapatos, recreando todas las universalidades de un magnífico día de playa. Pero, ay, buen hombre, yo tampoco soy playero, pero quizá sea el momento de manchar mi alma sin mácula con atrevidos momentos de alborozo infinito, con esparcimientos vanales, triviales e insignificantes, y tan humanos. Por ello, y animado por sus comentarios, he decido ir hacia el mar, descubriendo caminos inciertos en contra de mi automonotonía, y borrar así las huellas que puedan delatar mi vacío existencial. Deseo el mar; tener su murmullo en mi regazo, acurrucarme en su sonido para dormir; y así desterrar de mi mesilla de noche esa vieja caracola que me acompaña.
Pero buen hombre, por Dios, no hable usted de viandas, piscolabis, ni ensalce usted el gusto por lo culinario, ya que -tal vez usted no lo sepa- no soy yo persona que deba anticipar mi desdicha al deleite por la ingestión de alimentos transformados por la mano del hombre en Gloria, Cielo y Vértigo, las tres purezas del equilibrio.
Gracias por sus palabras, y un trago de soul para aderezar en nuestras pupilas la sal de lo que nos quede.
Y a seguir!
Suyo, como lo es el dulzor en la boca tras la rosquilla,
Martín Pecador.